Jureles

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¿Te importa si enciendo la televisión? Llevo unos días muy desinformado – dijo él. Claro que no – dijo ella mintiendo, mientras huía hacia el baño para poder respirar profundamente y recuperar la entereza que necesitaba para sentarse a comer. Hacía un rato que tenía hambre.

Él podría haberle preguntado de algún otro modo y tal vez hubiera resultado más útil para iniciar la conversación que ellos dos tenían pendiente.

Por ejemplo:

¿Te importa si te hago menos caso del que deseas? Necesito un poco más de ligereza en éstos días – hubiera podido decir él. Ella hubiera podido responder con una sonrisa cómplice, un necesario silencio y alguna mirada de comprensión. Pero no fue así. Y, de todos modos, las almejas que él había cocinado estaban riquísimas.

Se escuchaba entonces la voz invasiva de la locutora del informativo, a un volumen algo fuerte: “La princesa Leticia llega a Buenos Aires para apoyar la candidatura de Madrid como ciudad olímpica”. Lo último que me faltaba ahora era una maldita princesa – pensó ella.

Todo punzaba. Ella sentía los músculos de su estómago contraerse y las lágrimas esperando impacientes en las cuencas de sus ojos, deseosas de salir una vez más hacia fuera para bañar sus mejillas. Trataba de controlar sus gestos de una perturbación que no lograba explicarse del todo. Estaba desolada, como lanzada al vacío de su perdida niñez, sufriendo por encontrar un abrazo que le devolviera a su cuerpo la consistencia necesaria para recordar que su vida era mucho más que lo que estaba ocurriendo en aquel mediodía caluroso del final del verano.

Era demasiada comida. Unos cuantos pequeños pescados malagueños eran el plato principal: Jureles. También había una ensalada de tomate. Los nombres de los pescados cambian según la región – apuntó ella. ¡Qué va! Eso no es cierto, los pescados se llaman siempre igual, lo que ocurre es que no en todos los lugares hay los mismos pescados – discutió él. Vale – dijo ella con una media sonrisa. Intentaba encontrar alguna palabra que la ayudara. No puedo seguir esta conversación porque ahora no recuerdo ningún ejemplo que me ayude a argumentar mi planteamiento – terminó por decir ella. Silencio.

Ella trataba inútilmente de recordar los nombres de pescados que había conocido en su última estancia en Uruguay. Sólo aparecieron dos: cazón y pejerrey. Pero ninguno de ellos le servía para dar alguna autoridad a su anterior afirmación.

[ Parece ser que ella tenía razón: http://www.fao.org/docrep/v7180s/v7180s04.htm ]

En menos de una hora ella se fue. No había conseguido librarse de la pesadez de su alma, tampoco habían escapado esas lágrimas acumuladas en la puerta de salida de sus ojos ya cargados por los días pasados, y aún menos había logrado relajar los músculos de su estómago. Había comido bien y hasta se había hecho un café. Luego nos vemos – le dijo desde lo lejos mientras trataba de cerrar esa puerta con una dificultad que le obligaba a dar un portazo que no deseaba.

Pasó la tarde preparando una cena con una de esas viejas amigas con las que puedes compartir el llanto breve y delicado que te impide por unos segundos seguir usando el lenguaje, darte la mano suavemente y continuar hablando y cocinando. Con ella y con su hija de 9 años. Claro, ese breve llanto ocurría mientras la pequeña se daba un ducha. Ella era la primera de sus amigas-hermanas que habían sido madres y que además se había separado en seguida. Se había sentido muy sola para criar a su niña y, aunque algunas personas tenían la sensación de que habían intentado ayudarle, ella nunca había percibido que ese apoyo fuera suficiente. No se había sentido escuchada en los términos que ella había necesitado hablar, no había encontrado el espacio para su expresión. Ése era un sufrimiento del que ellas nunca antes habían hablado.

Vino, varias copas bebidas como si en ellas fuera a encontrar la paz que andaba persiguiendo. Después algunas cervezas, todo apresurado. Una mezcla explosiva con los restos que quedaban de sus lágrimas acumuladas en las cuencas de los ojos y un nuevo encuentro con el cocinero de los jureles, ésta vez en algún bar, con algunos amigos más y con el acuerdo de pasar la noche juntos en la misma casa donde se habían comido los blancos y carnosos pescados cuyo sabor ella no conseguía recordar. La sospecha de haber elegido la opción menos adecuada para el estado de su estómago-corazón, la rondaba continuamente. Pero ésa era la única noche posible porque poco después ella emprendería un largo viaje para regresar a casa y no estaba segura de cuando volverían a verse. Había que jugársela, pensaba ella.

Todo parecía ir bien. Ella se divertía en esas charlas chistosas bien sureñas, con un grupo de gente a los que tampoco conocía demasiado pero con quienes se sentía cómoda. A ella le daba la impresión de que él andaba un poco más serio de lo normal, pero tampoco era capaz de establecer un criterio justo acerca de la “normalidad” de él. Le conocía desde apenas tres semanas atrás y tan sólo habían compartido algunas noches apasionadas y tiernas y unas pocas mañanas conversadoras sorprendentemente deseantes en las que ella se había tenido que hacer el café. Todo parecía ir bien. Era sólo eso, lo que parecía ser. Subterráneamente, andaba temblorosa la verdad.

Debían ser las 03.40 am cuando por fin las lágrimas ya no cabían en esas cuencas de los ojos donde andaban (des)esperando. Brotaron juntas, abundantes, arrastraban pequeños suspiros y leves sollozos exasperados. Ella estaba desnuda sobre la cama, boca abajo, escondía su rostro entre las sábanas. Él había quedado petrificado después de que ella hiciera un breve comentario insoportablemente exigente y visceral sobre el sexo que acababan de tener. Definitivamente había llegado la tormenta.

Ella nombraba algunas cosas en su lastimero desahogo, pero, en el fondo, las palabras no importaban nada. Lo que andaba buscando era ese abrazo fuerte que le devolviera la consistencia del cuerpo. Todo lo que ella hacía era tratar de crear un océano para poder navegar entre sus propias lágrimas y llegar así hasta el origen de un recuerdo: el abrazo de otro hombre que hasta no hacía mucho la había estado acompañando en sus viajes hacia los agujeros negros de sí misma. Esa continuidad emocional acababa de manifestarse de la manera más brutal. Había notado los avisos de su sabia intuición pero ella había decidido no prestarle demasiada atención. El hombre que aquella noche estaba ahí, era otro. El cocinero de los jureles llevaba su propia maleta, andaba con sobrepeso y no se lo había ocultado a ella en esas intensas noches y mañanas que habían pasado juntos. Y él, que seguía petrificado por la aberrante exigencia de ella para que se convirtiera en otro, aquella noche, no la abrazó.

[Escrito por la tarde, desde un tren, en septiembre del 2013]

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